El Impulso

Tiempos de chicharras

Escrito por William Amaro Gutiérrez

Definitivamente hay muchas cosas que no se pueden comprar con la tarjeta de crédito. !Gracias a Dios por eso!. Lo decimos, por cuanto, cuando salgo a correr a eso de las 6,30 de la mañana, ida y vuelta, por la autopista vía Quibor, siguiendo el camino de tierra. Y andando por debajo de los cujíes, recibo, tres o cuatro veces a la semana, la bienvenida de un concierto polifónico de chicharras. Que al sentir mi presencia vuelan de un lugar a otro pasando muy cerca de mí, convirtiéndose en “colirio para mi alma”. La verdad, lo disfruto mucho. Me motivan en el esfuerzo físico y crean en mí una saludable dependencia.

           Ese sonido “ensordecedor” que regularmente escucho en estos tiempos de chicharras, evoca en mí,   las tardes soleadas en el solar de mi casa cuando era niño. Aquel, donde se encontraba un enorme cují que a duras penas nos guarecía del sol y donde jugábamos con las chicharras mi hermano gemelo y yo. Y sin saber el daño que hacíamos, le amarrábamos hilo de coser en sus grandes ojos y las echábamos a volar. Aquel acto de inocencia y evidente felicidad llenaba nuestras expectativas de niños con tantas carencias materiales. Y mi preciosa madre, recostada a la batea, sin aflojar el cepillo que empuñaba con firmeza en su mano derecha, nos miraba con ternura y sonreía. Hoy reconozco, que en medio de tantas necesidades que tuvimos, esas vivencias, fueron y son tesoros invaluables. Riqueza de valor incalculable que nuestro maravilloso Dios nos regaló.
           Esa casa, la que nos vio nacer, todavía existe, resistiendo la tentación del progreso que quiere avasallarlo todo. Allí están nuestras raíces, como dice mi hermano gemelo. El cují que refresca mis recuerdos, que me acompañan siempre cuando corro o entreno por las distintas avenidas de la ciudad, ya no existe. Dejó sus lágrimas bajo el polvo del verano para dar paso a lo nuevo. A la construcción de habitaciones para albergar la numerosa prole que levantaban mis padres en aquellos tiempos. Pero dejó en mí, un recuerdo imperecedero. Grabado con la tinta indeleble del amor, de la firmeza y la regia autoridad de unos padres, que supieron “batir el cobre” para educar trece hijos y darnos, una educación cargada de valores académicos, ciudadanos, morales y espirituales. Tan difíciles hoy en día. Lo cual, tratamos de heredárselos a nuestros hijos y nietos con la ayuda del Altísimo.
Es bueno saber, que el canto bullicioso que escuchamos cada día de estos animalitos, es entonado solo por los machos para atraer a las hembras. Y aunque el sonido es emitido a cualquier hora del día, es más frecuente e intenso al anochecer y al amanecer. Cada especie emite un sonido propio, característico. La ciencia corrobora el acto Creador de Dios. Ese sonido ensordecedor en ellos  es producido por un aparato
estridulatorio situado en los costados del primer segmento abdominal, que consta de membranas quitinosas llamadas timbales y de sacos con aire que funcionan como cajas de resonancia. ¿Cómo les parece?
De las chicharras aprendemos lecciones de Dios. Así, como el canto de los machos, es un canto de amor exclusivo para el llamado de las hembras. Así,  el canto persistente de Dios en su Palabra es para sus hijos que tanto lo necesitamos.  Cuando salgo a correr por la tardecita, el crespúsculo que se esconde tímidamente en el horizonte, cargado de multitud de colores, completa la faena de Dios en mi vida. Y no me queda otra cosa que repetir !Gracias mi Dios por tenerme aquí!
William Amaro Gutiérrez. Articulista del Diario. EL IMPULSO. Barquisimeto. Venezuela.